Ser argentino: autocrítica

Con espíritu autocrítico, y no autodestructivo, trataremos de señalar una serie de síntomas de nuestra sociedad de clase media argentina, principalmente la franja porteña.

(Digo porteña si bien en la actualidad —medios de comunicación mediante y aproximación del mundo a través de las pantallas—, empezamos a encontrar muchos porteños en varias provincias.)

Toda autocrítica lleva implícito un propósito de comprender la significación de los problemas y un intento por resolverlos. El espíritu autodestructivo es un rasgo de los argentinos, que nos castigamos, sacrificándonos, para obtener un goce sadomasoquista.

• La ausencia de una estructura comunitaria

Los argentinos no hemos logrado todavía reconocer en el otro a un semejante, lo cual implicaría poner en marcha la circulación de deberes y no sólo de derechos.

Al no haber efectuado la necesaria internalización de las normas, sólo prestamos un cumplimiento parcial y ocasional de prohibiciones. Internalizar la norma es convertirla en algo yoico, sintónico, mientras que la prohibición exterior es siempre algo pasible de infracción y ajeno a nuestra supuesta auténtica personalidad.

• La desconfianza hacia el otro

La ausencia de normas —que debilita enormemente la circulación de derechos y deberes, y nos transforma a todos en potenciales infractores— genera un nivel de desconfianza y de aislamiento que obstaculizan la conformación de una comunidad. Una comunidad es aquel lugar donde los lazos solidarios se sostienen articulados en proyectos y argumentos comunes, aunque no idénticos. Es el espacio que promueve en el hombre un vínculo de confianza, que es un vínculo afectivo. Es el lugar que nos fortalece para poder luchar o enfrentar las adversidades que inevitablemente la realidad genera.

• El pensamiento mágico

La ausencia de una estructura comunitaria nos convierte en una sociedad débil y nos lleva a idear soluciones mágicas. Somos los reyes de la improvisación, nos creemos dotados naturales y siempre pensamos que nos falta el contexto adecuado para poder ejercer nuestra bendita habilidad. Como toda ilusión, este pensamiento mágico termina siempre disuelto y frustrado, lo cual genera angustia, tristeza y resentimiento.

Una comunidad en la que impera la norma no necesita apelar al milagro, ya que cree más bien en el esfuerzo y la paciencia. Sabe que hay un tiempo de incubación de proyectos si se pretende que el resultado sea exitoso. Y sobre todo evita algo que es característico del pensamiento mágico, y es la delegación en figuras carismáticas de poderes salvadores que nos conviertan en gente dependiente, infantil e inmadura y a ellos en prometedores inevitablemente frustradores.

• La ausencia de una función ordenadora

Los argentinos debiéramos dejar de seducir a potenciales salvadores, que nos tentarán con ilusiones de realización imposible y nos devolverán a cambio una vivencia de resentimiento, desolación y desamparo.

Los argentinos estamos padeciendo, como diríamos en Psicoanálisis, la ausencia de una función paterna, normativa u ordenadora, función que no ha terminado de ser armonizada en nuestra sociedad. Pareciera haber estado ausente una voz reguladora en el sentido ordenador, una voz que podría habernos arrancado de posiciones infantiles para incluirnos en posiciones adultas. Las consecuencias las conocemos: son sociedades envidiosas, litigantes y en permanente reclamo.

• La envidia

Este sentimiento es una de las razones que impiden al argentino premiar al exitoso, ya que la envidia lo lleva siempre a difamarlo suponiendo alguna forma ilícita de su éxito. Este sentimiento no permite tampoco llevar a cabo un aprendizaje, dado que la posibilidad de admirar queda suspendida. Cuando por falta de referentes no es posible poner en marcha la admiración, tampoco se puede acercarse desde lo afectivo al otro para saber cómo ha logrado lo que ha logrado y por lo tanto aprender acerca de ello. Nos convertimos en cambio en denigradores envidiosos que sólo sienten placer en destruir lo otro en lugar de construir lo propio. El efecto es siempre la devastación global.

Los argentinos de clase media, en especial los porteños, debiéramos preguntarnos si acaso ese sentimiento no se sostendrá en gran parte en aquella mentira inicial —producto de una posición infantil ante el mundo— del que se considera dueño de un poder sobrenatural y que, cuando la realidad le muestra lo contrario, no puede tolerarla.

La posibilidad de educarse, la revolución del conocimiento, se sostiene sobre el entusiasmo, el anhelo y la curiosidad, y no sobre la ilusión vacía. La urgencia de inmediatez quizás nos absuelva del tránsito por frustraciones, pero no olvidemos que esas frustraciones son momentos inevitables en todo trayecto de construcción personal.

2012, 26 de Septiembre

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